Comencé este tema hablando de las manifestaciones de Dios. ¿De qué manera se manifiesta Dios? A lo largo de la historia se ha manifestado de muy diversas formas, que pueden ser tan sutiles como la acción misma de la Providencia Divina, o tan magníficas como la transfiguración y la bajada al Sinaí, pasando por las visiones personales o multitudinarias. Vamos a analizar algunas, y como el texto mismo es importantísimo para comprenderlas, voy a citar el de cada una antes de analizarlo.
Yahveh visita a Abraham
«El Señor se le apareció a Abraham junto al encinar de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque apretaba el calor. Alzó la vista y vio a tres hombres de pie frente a él. Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y prosternándose en tierra dijo: Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo. Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis bajo el árbol. Mientras, ya que pasáis junto a vuestro siervo, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir.» (Gn. 18:1-5).
«Después dijo el Señor: La denuncia contra Sodoma y Gomorra es seria y su pecado es gravísimo. Voy a bajar para averiguar si sus acciones responden realmente a la denuncia. Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abraham.» (Gn. 18:20-22).
«Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde. Lot, que estaba sentado a la puerta de la ciudad, al verlos, se levantó a recibirlos y se prosternó rostro en tierra.» (Gn. 19:1).
Aquí tenemos una serie de aparentes contradicciones en el texto. ¿Se le apareció el Señor a Abraham, o fueron ángeles? ¿Por qué dice que eran hombres? Una cosa que tenemos qué tener muy presente es que el texto no es muy preciso en esta y en otras ocasiones en lo que se refiere a la naturaleza de las cosas; lo que describe es más bien su función. El Señor se le aparece a Abraham, en la forma de tres hombres; tan es así, que al reconocer a su Señor se “prosternó” o se “postró”: se tiró de bruces, rostro en tierra, en adoración. Tanto Abraham como Moisés y el autor de este libro obviamente conocen muy bien la trinidad de Dios, puesto que a nadie causa sorpresa que Dios se presente en la forma de tres “personas”. Pero Dios no tiene cuerpo humano, y en todo caso, el único que asumió la humanidad es el Verbo, y no el Padre ni el Espíritu Santo, pero eso sería mil quinientos años más adelante.
La explicación es sencilla: las figuras humanas que se aparecieron a Abraham fueron simplemente manifestaciones de las tres personas de la Trinidad Divina. Curiosamente dice el Señor que “va a bajar” a ver lo que está pasando con la gente de esas dos ciudades, pero el que habla se queda y los otros dos son los que bajan; pero no dijo “voy a mandar” o “éstos descenderán”, ¿verdad? Dijo “voy a ver” o “voy a bajar”, y se quedó mientras los otros dos se iban. La única explicación que excluye alguna mentira o inexactitud es que las tres personas son uno, y la única trinidad de personas que tiene esa característica es la de Dios mismo.
Por último, cuando llegaron a Sodoma y llamaron a la puerta de Lot, el autor los llama ángeles. Se les llama así porque fueron con una misión, fueron “enviados” por el Padre a ver qué estaba pasando. Puesto que el Padre envía al Hijo, y como tanto el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, no es poco común que en las escrituras se les mencione como ángeles; no porque sean ángeles, sino para dejar en claro que traen una encomienda. ¿Cómo sabemos que son Dios y no propiamente ángeles? Primero, porque Dios dijo que iría personalmente; y segundo, porque al abrir la puerta Lot e identificarlos, también se postró para adorarlos.
Yahveh visita a Moisés
«Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés dijo: “voy a acercarme a mirar este espectáculo tan admirable: cómo es que no se quema la zarza”. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés”. Respondió él: “Aquí estoy”. Dijo Dios: “No te acerques. Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado”. Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”. Moisés se tapó la cara, temeroso de mirar a Dios.» (Ex. 3:1-6)
«Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos, y una nube espesa en el monte, mientras el toque de la trompeta crecía en intensidad, y el pueblo se echó a temblar en el campamento. Moisés sacó al pueblo del campamento a recibir a Dios, y se quedaron firmes al pie de la montaña. El monte Sinaí era todo una humareda, porque el Señor bajó a él con fuego; se alzaba el humo como de un horno, y toda la montaña temblaba. El toque de la trompeta iba creciendo en intensidad mientras Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó a la cumbre del monte Sinaí, y llamó a Moisés a la cumbre (...).» (Ex. 19:16-20).
«Entonces él [Moisés] pidió: Enséñame tu gloria. Le respondió [Yahveh]: Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza y pronunciaré ante ti el nombre “Señor” [el Nombre de Yahveh], porque yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero; pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida. Y añadió: Ahí, junto a la roca, tienes un sitio donde ponerte; cuando pase mi gloria te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que haya pasado, y cuando retire la mano podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.» (Ex. 33:18-23).
Aquí tenemos una situación similar, en la que el autor nos dice primero que “el ángel del Señor” se le apareció a Moisés, pero inmediatamente clarifica y dice que es “el Señor”, “Dios” y que Moisés sabía que era Dios. La explicación es la misma: Dios Hijo es enviado por Dios Padre, y por esa razón se le llama “el ángel del Señor”, y no porque se trate en realidad de un ángel.
En muchas ocasiones el Señor se ha manifestado a través del fuego; y no me refiero al fuego de castigo o de purificación que llovió a Sodoma y Gomorra y que volverá a llover cuando se acerque el fin de los tiempos, sino al fuego (y a veces un humo o una nube de luminosidad) que representa la presencia de la Gloria de Dios (Heb. 1:3): en la zarza, en el Sinaí y en la columna que guiaba a los Israelitas.
Estamos tan acostumbados a ver la humildad de condiciones en la que nació y vivió Jesús, y tan acostumbrados a predicar y escuchar del amor y el perdón de Dios, que terminamos por malacostumbrarnos y muchas veces no pensamos que Dios es más que amor. También es poder y sabiduría infinitos. Esto quedó más que claro en la escena del Sinaí, y lo tenían muy presente nuestros hermanos y antepasados espirituales, los Judíos. ¿Con quién habló Moisés en el Sinaí? Con Dios Hijo. ¿Por qué? Por dos razones: Ex. 33:18-23 y Jn. 1:18. Al Padre nadie lo ha visto, pero Moisés pudo vislumbrar el resplandor de la Gloria de Dios, que es el Hijo.
Ezequiel ve a Yahveh
«El año treinta, el día cinco del mes cuarto, hallándome entre los deportados a orillas del río Quebar, se abrieron los cielos y contemplé una visión divina.» (Ez. 1:1).
«Entonces se apoyó en mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos. ([La] Nube nimbaba de resplandor, y entre el relampagueo como el brillo del electro).» (Ez. 1:4).
«Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre. Y vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego. Estaba nimbado de resplandor. El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve. Era la apariencia visible de la gloria del Señor. Al contemplarla, caí rostro en tierra, y oí la voz de uno que me hablaba.» (Ez. 1:26-28).
Comencemos desde el principio. No me cansaré de repetir que el mundo espiritual no es como el material: no hay medidas, ni colores, ni pesos, ni tamaños. Vamos a desentrañar, entonces, parte de la simbología entretejida en esta serie de visiones y alegorías con las que Ezequiel nos cuenta su experiencia.
En el día mencionado por Ezequiel (que no me molestaré por descifrar, ya que no considero la fecha en particular como importante para esta discusión), Dios le permitió tener una experiencia y recibir manifestaciones claras del mundo espiritual. En esa experiencia, Dios Hijo se le manifestó en muy diversas maneras: venía hacia él como una nuve luminosa y refulgente; traía consigo al Trono de Dios y a la vez estaba sentado en él; además, el que estaba sentado en el Trono irradiaba la Gloria dando un espectáculo de poder y belleza simultáneamente; y, por fin, Yahveh le habla, y la Palabra se manifiesta de nuevo, en una forma inteligible y entregándole un mensaje.
Jesús de Nazaret es bautizado
«Juan el Bautista apareció en el desierto predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados.» (Mc. 1:4).
«Y predicaba, diciendo: Tras mí viene uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os bauticé con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo. Y sucedió en aquellos días que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. E inmediatamente, al salir del agua, vio que los cielos se abrían, y que el Espíritu como paloma descendía sobre El; y vino una voz de los cielos, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido. Enseguida el Espíritu le impulsó a ir al desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; y estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.» (Mc. 1:7-13).
«Y aconteció que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado: y mientras El oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre El en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.» (Lc. 3:21-22).
Aquí tenemos a Juan predicando el arrepentimiento de los pecados como algo necesario para que puedan ser perdonados, pero no ofrecía el perdón de los pecados. ¿Cómo podría? Sólo Dios puede. Y mientras predicaba eso, también proclamaba que su misión era sólo la de preparar el camino para alguien más importante y más fuerte que él. ¿Sería un ángel? Podría ser, puesto que un ángel es más fuerte y poderoso que cualquier hombre. No perdamos de vista que Juan predicaba el arrepentimiento para el perdón de los pecados. El que le siguiera debía ser alguien capaz de perdonar los pecados. ¿Puede acaso un ángel perdonar los pecados de ninguno?
Entonces, se acerca un hombre llamado Jesús y proveniente de Nazaret; un hombre como cualquier otro de entre las multitudes que se acercaban a escuchar la predicación de Juan y a ser bautizados; un hombre que sabemos que estaba emparentado con Juan (son primos segundos). Juan lo bautiza, y al momento de salir Jesús del agua, hay una visión que recibe Juan y que no sabemos si las demás personas que estaban con ellos también: una teofanía. Dios Padre, como siempre, se manifiesta a través de su voz, de la Palabra, y lo que dice es "Tú eres mi Hijo amado". Dios en sus tres personas se ha manifestado: El Padre, como siempre, a través de su Palabra, el Hijo, la Palabra, trayendo un mensaje del padre y a la vez hecho hombre en la Tierra, y el Espíritu Santo, descendiendo a él para llenarlo y bautizarlo. Ahora todo tiene sentido.
¿Quién es ese hombre? La persona que Juan, y con él todo el mundo, esperaba: el Mesías. Pero gracias a esta revelación (y a otras) sabemos que no es un hombre cualquiera; es el Hijo de Dios. ¿Cómo puede ser que un hombre sea hijo de Dios? Primero, no hay nada imposible para Dios, y segundo, la explicación nos la da Lucas (Lc. 1:26-38). En el momento de la anunciación, Gabriel nos dice varias cosas: que Jesús es Hijo del Altísimo, y que es "Dios con Nosotros" (Mt. 1:23). Por lo tanto, este hombre es hijo carnal de una mujer, pero al mismo tiempo es Hijo de Dios en Espíritu, puesto que fue engendrado por Dios; y, como nos dice Juan en el primer capítulo de su evangelio, es el Verbo, y Dios mismo. Este hombre fue bautizado con agua en el Jordán, pero inmediatamente después fue bautizado con el Espíritu Santo por el mismísimo Dios.
Ahora sí, he aquí que un hombre, casto y justo, limpio de todo pecado e inocente de toda culpa, recibe el Espíritu Santo y a la vez es Dios. Ahora tiene sentido que un hombre venga a manifestar a Dios, a enseñarnos sobre Dios Padre (de nuevo Jn. 1) y perdonar los pecados. Y no solo hace eso, sino que también cura enfermos, y domina a toda la naturaleza y a cualquier espíritu. Jamás un ángel ha tenido tales potestades que son propias del mismo Dios, y la única razón que un hombre ha podido es porque es Dios.
Por último, “los ángeles le servían”. ¿A quién sirven los ángeles? ¿Se sirven entre sí? ¿Están para servir a los hombres? Sirven a Dios. A los hombres nos guían, nos defineden y nos ayudan, pero aún cuando hacen eso es en servicio a Dios. ¿A quién servían, entonces, los ángeles en el desierto? A Dios, hecho hombre (Heb. 1:6). Una pequeña nota sobre los ángeles [1]: “La etimología de la palabra 'ángel' procede del latín angelus, y este a su vez del griego ágguelos o mal'akj en hebreo, que quiere decir 'mensajero' o 'servidor' de Dios.”
Jesús muestra la Gloria a los apóstoles
«[...] Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos; y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí; si quieres, haré aquí tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Mientras estaba aún hablando, he aquí, una nube luminosa los cubrió; y una voz salió de la nube, diciendo: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a El oíd. Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran temor. Entonces se les acercó Jesús, y tocándolos, dijo: Levantaos y no temáis. Y cuando alzaron sus ojos no vieron a nadie, sino a Jesús solo.» (Mt. 17:1-8).
¿Suena familiar? ¿Quién dijo “muéstrame tu gloria”? Pues bien, como en los tiempos de Moisés, el Verbo divino quiso mostrar su Gloria a los discípulos. Curiosamente, Moisés y Elías estaban con él y platicaban. De esta manera quiso Jesús dar a conocer que, después de él, ellos dos fueron los profetas más grandes. Elías incluso había sido arrebatado en cuerpo y alma (transladado), dignidad que sólo de tres personas sabemos que han recibido.
En esta ocasión se repite mucho de lo que pasó en el Sinaí: la Gloria de Dios se hizo presente en forma de una nube luminosa y también en la forma de la voz del Padre, que hablaba. Y dijo “éste es mi Hijo amado”, por segunda vez. Es una “probadita” de cielo, como la que recibimos cada vez que consumimos la Eucaristía. Ante la presencia de la Gloria de Dios sobreviene una felicidad y una paz verdadera, y en eso consiste (hasta donde se sabe) el Cielo que tenemos prometido. Es por eso que Pedro, siendo el más vocal de todos, se acercó a Jesús y le ofreció acampar en ese lugar. Es entonces cuando Dios Padre se manifiesta a través de la Palabra, y los discípulos se postraron, no sé si por reflejo o como un acto voluntario de adoración.
Jesús asciende al Cielo
«Entonces los condujo fuera de la ciudad, hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo alabando a Dios.» (Lc. 24:50-53).
«Entonces los que estaban reunidos, le preguntaban, diciendo: Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel? Y El les dijo: No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra. Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube le recibió y le ocultó de sus ojos. Y estando mirando fijamente al cielo mientras El ascendía, aconteció que se presentaron junto a ellos dos varones en vestiduras blancas, que les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo.» (Hch. 1:6-11).
«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria.» (Mt. 24:30).
«Y vi a otro ángel poderoso que descendía del cielo, envuelto en una nube; y el arco iris estaba sobre su cabeza, y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego; y tenía en su mano un librito abierto. Y puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra; y gritó a gran voz, como ruge un león; y cuando gritó, los siete truenos emitieron sus voces. Después que los siete truenos hablaron, iba yo a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: Sella las cosas que los siete truenos han dicho y no las escribas. Entonces el ángel que yo había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano derecha al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, quien creó el cielo y las cosas que en él hay, y la tierra y las cosas que en ella hay, y el mar y las cosas que en él hay , que ya no habrá dilación, sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando esté para tocar la trompeta, entonces el misterio de Dios será consumado, como Él lo anunció a sus siervos los profetas.» (Ap. 10:1-7).
Cuando Jesús subió al Cielo, no se considera por lo general entre las teofanías. Normalmente, cuando se habla de las teofanías se consideran la zarza de Moisés, la transfiguración en el monte y el bautismo en el Jordán, y en ocasiones alguna otra de las mencionadas en este tratado. Sin embargo, en este día glorioso en el que nuestro Señor ascendió al cielo de manera simbólica y además ascendió al Cielo, “una nube lo envolvió”. En casi todas las teofanías se muestra esta nube que representa la Gloria de Dios y que envuelve a Jesús cuando éste está presente: es una manifestación de la segunda persona de la Santísima Trinidad.
Cuando cumpla su promesa de regresar, decimos que “vendrá con gloria”. No es algo que sacamos “de la manga”, sino que él mismo lo prometió según Mateo. Y Juan nos dice que el día que regrese lo hará “envuelto en una nube”... «Ahh —me han de decir—, pero ahí dice que es un ángel», y ahí es cuando menciono de nueva cuenta que es en virtud de que tiene una misión o de que fue “enviado” que en ocasiones se le nombra ángel, y no porque sea de naturaleza angélica. Veamos los símbolos asociados con él: viene envuelto en una nube (Mt. 17:5, Mt. 24:30, Hch. 1:11, Ap. 1:7), el arcoíris está sobre su cabeza (Ez. 1:28), su rostro era como el sol (Mt. 17:2), sus pies como columnas de fuego (el antiguo y el nuevo testamento), tenía en su mano un librito abierto (Ap. 5:6-9), y su voz era como de león (Ap. 5:5). Conclusión, se trata de la Palabra, o el Hijo de Dios.
Que el Señor Yahveh, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Israel), el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, esté con todos nosotros, nos guíe, nos acerque a él, y nos permita ver su faz cuando nos llame y también cuando por fin venga en su Gloria.