Muchas gracias por visitar mi blog. Este espacio está destinado a mis discurrimientos sobre temas de Dios y de la religión que Él mismo vino a fundar, personalmente: el cristianismo. De ninguna manera pretendo ser infalible en mis opiniones ni omnisciente en mis interpretaciones. Cualquier tipo de comentario, ya sea crítica, corrección o apoyo, es bienvenido; siempre y cuando sea cortés y respetuoso.

Sunday, February 6, 2011

De la Trinidad de Dios: 2. Las Teofanías

Comencé este tema hablando de las manifestaciones de Dios.  ¿De qué manera se manifiesta Dios?  A lo largo de la historia se ha manifestado de muy diversas formas, que pueden ser tan sutiles como la acción misma de la Providencia Divina, o tan magníficas como la transfiguración y la bajada al Sinaí, pasando por las visiones personales o multitudinarias.  Vamos a analizar algunas, y como el texto mismo es importantísimo para comprenderlas, voy a citar el de cada una antes de analizarlo.

Yahveh visita a Abraham
«El Señor se le apareció a Abraham junto al encinar de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda, porque apretaba el calor.  Alzó la vista y vio a tres hombres de pie frente a él.  Al verlos, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y prosternándose en tierra dijo:  Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo.  Haré que traigan agua para que os lavéis los pies y descanséis bajo el árbol.  Mientras, ya que pasáis junto a vuestro siervo, traeré un pedazo de pan para que cobréis fuerzas antes de seguir.» (Gn. 18:1-5).
«Después dijo el Señor:  La denuncia contra Sodoma y Gomorra es seria y su pecado es gravísimo.  Voy a bajar para averiguar si sus acciones responden realmente a la denuncia.  Los hombres se volvieron y se dirigieron a Sodoma, mientras el Señor seguía en compañía de Abraham.» (Gn. 18:20-22).
«Los dos ángeles llegaron a Sodoma por la tarde.  Lot, que estaba sentado a la puerta de la ciudad, al verlos, se levantó a recibirlos y se prosternó rostro en tierra.» (Gn. 19:1).
Aquí tenemos una serie de aparentes contradicciones en el texto.  ¿Se le apareció el Señor a Abraham, o fueron ángeles?  ¿Por qué dice que eran hombres?  Una cosa que tenemos qué tener muy presente es que el texto no es muy preciso en esta y en otras ocasiones en lo que se refiere a la naturaleza de las cosas; lo que describe es más bien su función.  El Señor se le aparece a Abraham, en la forma de tres hombres; tan es así, que al reconocer a su Señor se “prosternó” o se “postró”: se tiró de bruces, rostro en tierra, en adoración.  Tanto Abraham como Moisés y el autor de este libro obviamente conocen muy bien la trinidad de Dios, puesto que a nadie causa sorpresa que Dios se presente en la forma de tres “personas”.  Pero Dios no tiene cuerpo humano, y en todo caso, el único que asumió la humanidad es el Verbo, y no el Padre ni el Espíritu Santo, pero eso sería mil quinientos años más adelante.

La explicación es sencilla: las figuras humanas que se aparecieron a Abraham fueron simplemente manifestaciones de las tres personas de la Trinidad Divina.  Curiosamente dice el Señor que “va a bajar” a ver lo que está pasando con la gente de esas dos ciudades, pero el que habla se queda y los otros dos son los que bajan; pero no dijo “voy a mandar” o “éstos descenderán”, ¿verdad?  Dijo “voy a ver” o “voy a bajar”, y se quedó mientras los otros dos se iban.  La única explicación que excluye alguna mentira o inexactitud es que las tres personas son uno, y la única trinidad de personas que tiene esa característica es la de Dios mismo.

Por último, cuando llegaron a Sodoma y llamaron a la puerta de Lot, el autor los llama ángeles.  Se les llama así porque fueron con una misión, fueron “enviados” por el Padre a ver qué estaba pasando.  Puesto que el Padre envía al Hijo, y como tanto el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo, no es poco común que en las escrituras se les mencione como ángeles; no porque sean ángeles, sino para dejar en claro que traen una encomienda.  ¿Cómo sabemos que son Dios y no propiamente ángeles?  Primero, porque Dios dijo que iría personalmente; y segundo, porque al abrir la puerta Lot e identificarlos, también se postró para adorarlos.

Yahveh visita a Moisés
«Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián.  Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.  El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas.  Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.  Moisés dijo:  “voy a acercarme a mirar este espectáculo tan admirable: cómo es que no se quema la zarza”.  Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés”.  Respondió él: “Aquí estoy”.  Dijo Dios: “No te acerques.  Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado”.  Y añadió: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”.  Moisés se tapó la cara, temeroso de mirar a Dios.» (Ex. 3:1-6)
«Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos, y una nube espesa en el monte, mientras el toque de la trompeta crecía en intensidad, y el pueblo se echó a temblar en el campamento.  Moisés sacó al pueblo del campamento a recibir a Dios, y se quedaron firmes al pie de la montaña.  El monte Sinaí era todo una humareda, porque el Señor bajó a él con fuego; se alzaba el humo como de un horno, y toda la montaña temblaba.  El toque de la trompeta iba creciendo en intensidad mientras Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno.  El Señor bajó a la cumbre del monte Sinaí, y llamó a Moisés a la cumbre (...).» (Ex. 19:16-20).
«Entonces él [Moisés] pidió: Enséñame tu gloria.  Le respondió [Yahveh]: Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza y pronunciaré ante ti el nombre “Señor” [el Nombre de Yahveh], porque yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero; pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida.  Y añadió: Ahí, junto a la roca, tienes un sitio donde ponerte; cuando pase mi gloria te meteré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi palma hasta que haya pasado, y cuando retire la mano podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.» (Ex. 33:18-23). 
Aquí tenemos una situación similar, en la que el autor nos dice primero que “el ángel del Señor” se le apareció a Moisés, pero inmediatamente clarifica y dice que es “el Señor”, “Dios” y que Moisés sabía que era Dios.  La explicación es la misma: Dios Hijo es enviado por Dios Padre, y por esa razón se le llama “el ángel del Señor”, y no porque se trate en realidad de un ángel.

En muchas ocasiones el Señor se ha manifestado a través del fuego; y no me refiero al fuego de castigo o de purificación que llovió a Sodoma y Gomorra y que volverá a llover cuando se acerque el fin de los tiempos, sino al fuego (y a veces un humo o una nube de luminosidad) que representa la presencia de la Gloria de Dios (Heb. 1:3): en la zarza, en el Sinaí y en la columna que guiaba a los Israelitas.

Estamos tan acostumbados a ver la humildad de condiciones en la que nació y vivió Jesús, y tan acostumbrados a predicar y escuchar del amor y el perdón de Dios, que terminamos por malacostumbrarnos y muchas veces no pensamos que Dios es más que amor.  También es poder y sabiduría infinitos.  Esto quedó más que claro en la escena del Sinaí, y lo tenían muy presente nuestros hermanos y antepasados espirituales, los Judíos.  ¿Con quién habló Moisés en el Sinaí?  Con Dios Hijo.  ¿Por qué?  Por dos razones: Ex. 33:18-23 y Jn. 1:18.  Al Padre nadie lo ha visto, pero Moisés pudo vislumbrar el resplandor de la Gloria de Dios, que es el Hijo.


Ezequiel ve a Yahveh
«El año treinta, el día cinco del mes cuarto, hallándome entre los deportados a orillas del río Quebar, se abrieron los cielos y contemplé una visión divina.» (Ez. 1:1).
«Entonces se apoyó en mí la mano del Señor, y vi que venía del norte un viento huracanado, una gran nube y un zigzagueo de relámpagos.  ([La] Nube nimbaba de resplandor, y entre el relampagueo como el brillo del electro).» (Ez. 1:4).
«Y por encima de la plataforma, que estaba sobre sus cabezas, había una especie de zafiro en forma de trono; sobre esta especie de trono sobresalía una figura que parecía un hombre.  Y vi un brillo como de electro (algo así como fuego lo enmarcaba) de lo que parecía su cintura para arriba, y de lo que parecía su cintura para abajo vi algo así como fuego.  Estaba nimbado de resplandor.  El resplandor que lo nimbaba era como el arco que aparece en las nubes cuando llueve.  Era la apariencia visible de la gloria del Señor.  Al contemplarla, caí rostro en tierra, y oí la voz de uno que me hablaba.» (Ez. 1:26-28). 
Comencemos desde el principio.  No me cansaré de repetir que el mundo espiritual no es como el material: no hay medidas, ni colores, ni pesos, ni tamaños.  Vamos a desentrañar, entonces, parte de la simbología entretejida en esta serie de visiones y alegorías con las que Ezequiel nos cuenta su experiencia.

En el día mencionado por Ezequiel (que no me molestaré por descifrar, ya que no considero la fecha en particular como importante para esta discusión), Dios le permitió tener una experiencia y recibir manifestaciones claras del mundo espiritual.  En esa experiencia, Dios Hijo se le manifestó en muy diversas maneras: venía hacia él como una nuve luminosa y refulgente; traía consigo al Trono de Dios y a la vez estaba sentado en él; además, el que estaba sentado en el Trono irradiaba la Gloria dando un espectáculo de poder y belleza simultáneamente; y, por fin, Yahveh le habla, y la Palabra se manifiesta de nuevo, en una forma inteligible y entregándole un mensaje.

Jesús de Nazaret es bautizado
«Juan el Bautista apareció en el desierto predicando el bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados.» (Mc. 1:4).
«Y predicaba, diciendo: Tras mí viene uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, inclinándome, la correa de sus sandalias.  Yo os bauticé con agua, pero Él os bautizará con el Espíritu Santo.  Y sucedió en aquellos días que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.  E inmediatamente, al salir del agua, vio que los cielos se abrían, y que el Espíritu como paloma descendía sobre El; y vino una voz de los cielos, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.  Enseguida el Espíritu le impulsó a ir al desierto.  Y estuvo en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; y estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.» (Mc. 1:7-13).
«Y aconteció que cuando todo el pueblo era bautizado, Jesús también fue bautizado: y mientras El oraba, el cielo se abrió, y el Espíritu Santo descendió sobre El en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo, que decía: Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido.» (Lc. 3:21-22).
Aquí tenemos a Juan predicando el arrepentimiento de los pecados como algo necesario para que puedan ser perdonados, pero no ofrecía el perdón de los pecados.  ¿Cómo podría?  Sólo Dios puede.  Y mientras predicaba eso, también proclamaba que su misión era sólo la de preparar el camino para alguien más importante y más fuerte que él.  ¿Sería un ángel?  Podría ser, puesto que un ángel es más fuerte y poderoso que cualquier hombre.  No perdamos de vista que Juan predicaba el arrepentimiento para el perdón de los pecados.  El que le siguiera debía ser alguien capaz de perdonar los pecados.  ¿Puede acaso un ángel perdonar los pecados de ninguno?

Entonces, se acerca un hombre llamado Jesús y proveniente de Nazaret; un hombre como cualquier otro de entre las multitudes que se acercaban a escuchar la predicación de Juan y a ser bautizados; un hombre que sabemos que estaba emparentado con Juan (son primos segundos).  Juan lo bautiza, y al momento de salir Jesús del agua, hay una visión que recibe Juan y que no sabemos si las demás personas que estaban con ellos también: una teofanía.  Dios Padre, como siempre, se manifiesta a través de su voz, de la Palabra, y lo que dice es "Tú eres mi Hijo amado".  Dios en sus tres personas se ha manifestado: El Padre, como siempre, a través de su Palabra, el Hijo, la Palabra, trayendo un mensaje del padre y a la vez hecho hombre en la Tierra, y el Espíritu Santo, descendiendo a él para llenarlo y bautizarlo.  Ahora todo tiene sentido.

¿Quién es ese hombre?  La persona que Juan, y con él todo el mundo, esperaba: el Mesías.  Pero gracias a esta revelación (y a otras) sabemos que no es un hombre cualquiera; es el Hijo de Dios.  ¿Cómo puede ser que un hombre sea hijo de Dios?  Primero, no hay nada imposible para Dios, y segundo, la explicación nos la da Lucas (Lc. 1:26-38).  En el momento de la anunciación, Gabriel nos dice varias cosas: que Jesús es Hijo del Altísimo, y que es "Dios con Nosotros" (Mt. 1:23).  Por lo tanto, este hombre es hijo carnal de una mujer, pero al mismo tiempo es Hijo de Dios en Espíritu, puesto que fue engendrado por Dios; y, como nos dice Juan en el primer capítulo de su evangelio, es el Verbo, y Dios mismo.  Este hombre fue bautizado con agua en el Jordán, pero inmediatamente después fue bautizado con el Espíritu Santo por el mismísimo Dios.

Ahora sí, he aquí que un hombre, casto y justo, limpio de todo pecado e inocente de toda culpa, recibe el Espíritu Santo y a la vez es Dios.  Ahora tiene sentido que un hombre venga a manifestar a Dios, a enseñarnos sobre Dios Padre (de nuevo Jn. 1) y perdonar los pecados.  Y no solo hace eso, sino que también cura enfermos, y domina a toda la naturaleza y a cualquier espíritu.  Jamás un ángel ha tenido tales potestades que son propias del mismo Dios, y la única razón que un hombre ha podido es porque es Dios.

Por último, “los ángeles le servían”.  ¿A quién sirven los ángeles?  ¿Se sirven entre sí?  ¿Están para servir a los hombres?  Sirven a Dios.  A los hombres nos guían, nos defineden y nos ayudan, pero aún cuando hacen eso es en servicio a Dios.  ¿A quién servían, entonces, los ángeles en el desierto?  A Dios, hecho hombre (Heb. 1:6).  Una pequeña nota sobre los ángeles [1]: “La etimología de la palabra 'ángel' procede del latín angelus, y este a su vez del griego ágguelos o mal'akj en hebreo, que quiere decir 'mensajero' o 'servidor' de Dios.”

Jesús muestra la Gloria a los apóstoles
«[...] Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos; y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.  Y he aquí, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con Él.  Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí; si quieres, haré aquí tres enramadas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.  Mientras estaba aún hablando, he aquí, una nube luminosa los cubrió; y una voz salió de la nube, diciendo: Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; a El oíd.  Cuando los discípulos oyeron esto, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran temor.  Entonces se les acercó Jesús, y tocándolos, dijo: Levantaos y no temáis.  Y cuando alzaron sus ojos no vieron a nadie, sino a Jesús solo.» (Mt. 17:1-8).
¿Suena familiar?  ¿Quién dijo “muéstrame tu gloria”?  Pues bien, como en los tiempos de Moisés, el Verbo divino quiso mostrar su Gloria a los discípulos.  Curiosamente, Moisés y Elías estaban con él y platicaban.  De esta manera quiso Jesús dar a conocer que, después de él, ellos dos fueron los profetas más grandes.  Elías incluso había sido arrebatado en cuerpo y alma (transladado), dignidad que sólo de tres personas sabemos que han recibido.

En esta ocasión se repite mucho de lo que pasó en el Sinaí: la Gloria de Dios se hizo presente en forma de una nube luminosa y también en la forma de la voz del Padre, que hablaba.  Y dijo  “éste es mi Hijo amado”, por segunda vez.  Es una “probadita” de cielo, como la que recibimos cada vez que consumimos la Eucaristía.  Ante la presencia de la Gloria de Dios sobreviene una felicidad y una paz verdadera, y en eso consiste (hasta donde se sabe) el Cielo que tenemos prometido.  Es por eso que Pedro, siendo el más vocal de todos, se acercó a Jesús y le ofreció acampar en ese lugar.  Es entonces cuando Dios Padre se manifiesta a través de la Palabra, y los discípulos se postraron, no sé si por reflejo o como un acto voluntario de adoración.

Jesús asciende al Cielo
«Entonces los condujo fuera de la ciudad, hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo.  Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo.  Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo alabando a Dios.» (Lc. 24:50-53).
«Entonces los que estaban reunidos, le preguntaban, diciendo: Señor, ¿restaurarás en este tiempo el reino a Israel?  Y El les dijo: No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre ha fijado con su propia autoridad; pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.  Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube le recibió y le ocultó de sus ojos.  Y estando mirando fijamente al cielo mientras El ascendía, aconteció que se presentaron junto a ellos dos varones en vestiduras blancas, que les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo.» (Hch. 1:6-11).
«Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; y entonces todas las tribus de la tierra harán duelo, y verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria.» (Mt. 24:30).
«Y vi a otro ángel poderoso que descendía del cielo, envuelto en una nube; y el arco iris estaba sobre su cabeza, y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego; y tenía en su mano un librito abierto. Y puso el pie derecho sobre el mar y el izquierdo sobre la tierra; y gritó a gran voz, como ruge un león; y cuando gritó, los siete truenos emitieron sus voces.  Después que los siete truenos hablaron, iba yo a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: Sella las cosas que los siete truenos han dicho y no las escribas.  Entonces el ángel que yo había visto de pie sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano derecha al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, quien creó el cielo y las cosas que en él hay, y la tierra y las cosas que en ella hay, y el mar y las cosas que en él hay , que ya no habrá dilación, sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando esté para tocar la trompeta, entonces el misterio de Dios será consumado, como Él lo anunció a sus siervos los profetas.» (Ap. 10:1-7).
Cuando Jesús subió al Cielo, no se considera por lo general entre las teofanías.  Normalmente, cuando se habla de las teofanías se consideran la zarza de Moisés, la transfiguración en el monte y el bautismo en el Jordán, y en ocasiones alguna otra de las mencionadas en este tratado.  Sin embargo, en este día glorioso en el que nuestro Señor ascendió al cielo de manera simbólica y además ascendió al Cielo, una nube lo envolvió”.  En casi todas las teofanías se muestra esta nube que representa la Gloria de Dios y que envuelve a Jesús cuando éste está presente: es una manifestación de la segunda persona de la Santísima Trinidad.

Cuando cumpla su promesa de regresar, decimos que “vendrá con gloria”.  No es algo que sacamos “de la manga”, sino que él mismo lo prometió según Mateo.  Y Juan nos dice que el día que regrese lo hará “envuelto en una nube”...  «Ahh —me han de decir—, pero ahí dice que es un ángel», y ahí es cuando menciono de nueva cuenta que es en virtud de que tiene una misión o de que fue “enviado” que en ocasiones se le nombra ángel, y no porque sea de naturaleza angélica.  Veamos los símbolos asociados con él: viene envuelto en una nube (Mt. 17:5, Mt. 24:30, Hch. 1:11, Ap. 1:7), el arcoíris está sobre su cabeza (Ez. 1:28), su rostro era como el sol (Mt. 17:2), sus pies como columnas de fuego (el antiguo y el nuevo testamento), tenía en su mano un librito abierto (Ap. 5:6-9), y su voz era como de león (Ap. 5:5).  Conclusión, se trata de la Palabra, o el Hijo de Dios.


Que el Señor Yahveh, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Israel), el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, esté con todos nosotros, nos guíe, nos acerque a él, y nos permita ver su faz cuando nos llame y también cuando por fin venga en su Gloria.

De la Trinidad de Dios: 1. Introducción.

Casi siempre que Dios se manifiesta a la humanidad, de alguna manera están representadas tres personas, aunque en ocasiones ha sido sólo una o dos.  Por las Escrituras y la Tradición sabemos que Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.  Son tres personas que emanan de la santísima naturaleza divina, pero que de ninguna manera representan tres Dioses.  Comencé esta investigación pensando en hacer un post, pero me ha salido tantísima información sobre el tema, que he decidido dividirlo en tres partes.  Ésta es la primera.

Un solo Dios
Para nosotros, que estamos acostumbrados al mundo material, es natural pensar en "individuos" que comparten la misma naturaleza pero que son distintos.  De esta manera, podemos hablar de dos personas, tres carros, cinco flores, etc.  En el mundo espiritual, en cambio, no existe tal, con excepción (quizá) de los espíritus humanos.  En el mundo espiritual, un individuo agota completamente una naturaleza porque, al no contener materia, no se puede dividir o individualizar dicha naturaleza.  De tal forma es Dios.  Un solo Dios, una sola naturaleza (Ap. 4:2).

En el Génesis, comenzando desde la primerísima frase, "Dios creó", "Dios dijo", "el Espíritu de Dios", "Dios se paseaba"(Gn. 1:1,2,...), etc. nos presenta con esta realidad desde el principio para que quede manifiesta la unicidad de Dios, y cómo se relacionan las tres Personas con la creación.  Desde el principio hasta el fin (Ap. 22:13), pasando por todos sus libros, la Biblia nos enseña que hay un solo Dios.  De la boca de Isaías nos declara "Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí" (Is. 44:6) y "Yo soy Yahveh, y no hay otro igual, fuera de mí no hay ningún otro Dios" (Is. 45:5), entre muchas otras afirmaciones similares.

Si bien es cierto que la gente a adorado a otros "dioses" a lo largo de la historia, la revelación divina nos enseña que esos dioses son falsos ya sea porque son "fabricados" y "que no son más que madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni comen, ni sienten" (Sal. 115, Dt. 4:28), o porque son demonios:

“¿Quiero decir con esto que la carne sacrificada a los ídolos tiene algún valor, o que el ídolo es algo? No, afirmo sencillamente que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios. Ahora bien, yo no quiero que ustedes entren en comunión con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; tampoco pueden sentarse a la mesa del Señor y a la mesa de los demonios. O, ¿provocaremos a celos al Señor? ¿Somos, acaso, más fuertes que Él?” (1 Cor. 10:19-22).


Dios tiene muchos nombres: "El que es, era y que ha de venir", "El Alfa y la Omega", "El Primero y el Último", y "El Todopoderoso" figuran entre los más importantes (Ap. 1:4,8,17-18, 4:8, 11:16-17, 21:5-6, 22:13).  Dios es el único digno de recibir adoración, porque es el creador de todas las cosas (Ap. 4:11, 14:7, 19:10, 22:8-9).


El tres en las Escrituras
Existen muchos números a los que las Escrituras les asignan un significado simbólico muy importante.  El número tres, en particular, es de los más importantes, y representa la perfección.  Dios es perfecto, y son tres las personas que de la naturaleza divina emanan.  También son tres las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y tres son también las potencias del espíritu (memoria, inteligencia y voluntad).  Los coros angélicos son nueve, tres veces tres.  Exploremos unas cuantas ocasiones en las Escrituras en las que el número tres aparece simbolizando la perfección.

En el Génesis se cuenta que Dios le pidió a Abram un sacrificio cuando le hizo su promesa.  Para hacer un sacrificio a Dios, lo ideal es que la víctima ofrecida sea perfecta, porque prefigura a nuestro Señor Jesucristo, y en este caso Dios le pide a Abram que sacrifique “una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón” (Gn. 15:9).    El significado de las aves no se discute aquí, pero resulta claro que hay tres bestias terrestres, cada una de tres años de edad, que fueron partidas por la mitad y ofrecidas a Dios; tres sacrificios de tres víctimas perfectas.  Más adelante, cuando los hijos de Isaac, cada uno por su cuenta, buscaban la bendición de su moribundo padre, Jacob llega primero y recibe tres bendiciones (Gn. 27:27-29); más adelante llega Esaú y recibe, en cambio, tres maldiciones (Gn. 27:39-40).

Dios es siempre fiel, y su promesa es perfecta.  Él nunca se aparta de su palabra.  Cuando hizo la promesa de la antigua Alianza, no lo hizo una sino tres veces, y a tres personas distintas de generaciones sucesivas; de la tercera nacieron las doce tribus de Israel.  Por eso, el Señor Yahveh es el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (o Israel)” (Ex. 2:24, Ex. 3:6).   Y así como hay tres patriarcas, también hay tres profetas principales, uno de ellos siendo el mismísimo Hijo del Dios vivo: Jesucristo.  Cuando Jesús se transfiguró y les permitió a los apóstoles vislumbrar su Gloria en el monte, “se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él” (Mt. 17:1-3).

Dios le pidió a Moisés que tres veces al año le celebraran fiesta (Ex. 23:14), y que subieran a presentarse todos los varones de Israel (Ex. 34:23-24) y de esa manera demuestran correspondencia a la promesa de Yahveh.  De igual manera, Jesús nos dejó dicho que cuando un hermano yerre o peque, se hagan tres intentos de corrección fraterna, cada uno subsecuente con mayor grado de severidad que el anterior (Mt. 18:15-17).  Recordemos que Pedro negó a Jesús tres veces cuando lo acababan de arrestar y lo estaba siguiendo disimuladamente por el palacio junto con Juan (Mt. 26:34; Jn. 18:15-18; Jn. 25-27; Mt. 26:75); pues de igual forma, y como para contrarrestar su pecado, Jesús también le pidió tres veces que lo aceptara y que le dijera que lo ama (Jn. 21:15-17).

También la ira de Yahveh es perfecta (Ap. 16), y cuando deja caer su ira es por tres días.  Tres días estuvo el país de Egipto en obscuridad (Ex. 10:22-23), y de igual forma estará el mundo en tinieblas cuando el Señor descargue su ira sobre los pecadores (Ap. 6:12, 8:12, 16:10).  Por eso cuando Jesús el Cristo cargó con la culpa de nuestros pecados y permitió que la ira de Dios cayera sobre él en lugar de nosotros, estuvo tres “días” en el sepulcro (Jn. 2:19-21).  Murió un viernes (Mc. 15:42), como a las 3 de la tarde, y resucitó muy de mañana en el siguiente domingo (16:1-6); por lo tanto estuvo en el sepulcro el viernes, el sábado y el domingo, aunque no fueran los tres días completos.  Lucas nos habla de cuando sus padres lo estuvieron buscando tres días hasta que lo hallaron en el templo, platicando con los maestros y doctores (Lc. 2:46), en lo que parece ser una especie de preludio.  Entre otros lugares en los que se menciona una purificación de tres días se encuentra que Dios le dijo a Moisés que el pueblo se preparara y purificara porque al tercer día bajaría al Sinaí (Ex. 19:10-11, 16-20).

Dios Padre en tres ocasiones avaló públicamente a la persona y la misión de su Hijo, Jesucristo.

Varias Personas
Bueno, ¿y qué tiene qué ver el número Tres con Dios?

En las manifestaciones espirituales también aparece el tres una y otra vez.  Antes de entrar en este detalle, recordemos que todas descripciones de formas, colores, tamaños y distancias son alegorías que tienen un significado más allá de la decripción misma, ya que esos conceptos son exclusivos de nuestro mundo material y no existen en el mundo espiritual.  Cuando Isaías recibe una visión del Trono de Yahveh (Is. 6:1) puede ver que los serafines que están con Él tienen tres pares de alas (6:2), cada una con un propósito distinto, y se decían entre ellos “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo (...)”.  Los tres pares de alas representan que son de toda la Creación los espíritus más perfectos, y por eso cubren a Dios, le sirven todo el tiempo y son los más cercanos a Él.  Estos espíritus le dan gloria a Dios en sus tres personas: Dios es el tres veces Santo, porque es Santo el Padre, es Santo el Hijo, y es Santo el Espíritu Santo.  Si bien es cierto que el triple adjetivo es el máximo superlativo en la lengua hebrea, se encuentra también en todas las traducciones para hacer referencia a la Trinidad.  Es por eso que cuando Juan fue transportado en espíritu al Cielo, pudo ver que los cuatro vivientes, “cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: SANTO, SANTO, SANTO, es EL SEÑOR DIOS, EL TODOPODEROSO, el que era, el que es y el que ha de venir” (recordemos que el Nuevo Testamento fue escrito en Griego).  Un tercer ejemplo de la triple adoración de Dios es el de la epifanía del Señor, cuando llegaron unos magos de oriente (Mt. 2:1) llevando regalos de oro, incienso y mirra (Mt. 2:11) y le adoraron.  Además, aunque el texto no nos dice cuántos fueron, la tradición nos dice que son tres.  Los regalos representan la realeza, el sacerdocio y la misión de profeta de nuestro Señor Jesucristo.

Una vez que haya terminado esta comedia terrestre de la que todos somos actores y autores, cuando Dios mismo descienda en su trono para juzgar a vivos y muertos y cree un nuevo Cielo y una nueva Tierra, dijo Juan que descenderá una ciudad hecha de un material como oro transparente: La Nueva Jerusalén.  Es cuadrada en su base, y tiene doce puertas, y al igual que los doce apóstoles cada una representa una tribu de Israel.  Cada lado de la ciudad apunta a un punto cardinal (Norte, Sur, Este y Oeste), y cada muro exterior de la ciudad tiene tres puertas (Ap. 21:13).

Aún cuando Dios dice que es Uno, y todos los profetas proclaman y prescriben la Unidad de Dios, cuando Dios habla de sí mismo, en muchas ocasiones habla de sí mismo en plural.  Por ejemplo, cuando Dios creó al hombre, dijo “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Gn. 1:26).  Dios es uno, sí, pero habla de sí mismo en plural.  Sabemos que no se refiere a toda la Corte Celestial; primero, porque los ángeles no participaron activamente en la creación (Job 38:6-7); y segundo, porque Dios creó al hombre a imagen de Él y solamente de Él (Gn. 1:27).  De igual forma, cuando el hombre se llenó de vanidad y quiso hacer en Babel una torre tan alta que llegara hasta Dios mismo, Yahveh dijo “Vamos, bajemos y allí confundamos su lengua, para que nadie entienda el lenguaje del otro” (Gn. 11:7).  No podemos decir que usa el plural mayestático porque en ocasiones también hablaba en singular.  Por el contrario, es posible que éste sea precisamente el origen de dicho plural.

¿Cuáles Personas?
Y, ¿de dónde saco que son “Padre, Hijo y Espíritu Santo”?

Juan, en su primera epístola, nos lo dice muy claramente:  “Este es el que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.  Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres concuerdan.  Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio de Dios: que El ha dado testimonio acerca de su Hijo.  El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, ha hecho a Dios mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado respecto a su Hijo.  Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo.  El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Jn. 5:6-12).

El Verbo, por supuesto, es el Hijo.  Claramente está expresado en este párrafo que Dios es que da testimonio en el Cielo, que los que allá dan testimonio son “el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo”, y que los tres son uno.  Y ese Uno, por supuesto, es el que está sentado en el Trono, pues es Dios.  Por esta razón, el Verbo, cuando estuvo entre nosotros en humanidad y bajo el nombre de Jesús, dijo a los apóstoles “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19), que es lo mismo que decir “en el nombre de Dios”, sólo que se enumera cada persona, puesto que cada persona es distinta aunque sean todos uno.

A lo largo del Nuevo Testamento se ve que se hacen referencias a las tres personas de Dios.  Voy a enumerar algunos:
  1. Cuando regresaron los setenta enviados, y le comentaron a Jesús que hasta los demonios se les sometían, “En aquella misma hora El se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado.” (Lc. 10:21).
  2. Y os digo, que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre le confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.  Y a todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará.  Y cuando os lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no os preocupéis de cómo o de qué hablaréis en defensa propia, o qué vais a decir; porque el Espíritu Santo en esa misma hora os enseñará lo que debéis decir.” (Lc. 12:8-12).
  3. Juan el Bautista dijo a sus discípulos: Lo que El ha visto y oído, de eso da testimonio; y nadie recibe su testimonio.  El que ha recibido su testimonio ha certificado esto: que Dios es veraz.  Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, pues El da el Espíritu sin medida.  El Padre ama al Hijo y ha entregado todas las cosas en su mano.  El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.” (Jn. 3:32-36).
  4. Esteban, “lleno del Espíritu Santo, fijos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios.
  5. Muchas veces, en los saludos y las despedidas, usaban una fórmula similar a la siguiente:  “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.” (2 Cor. 13:14).
Por lo tanto, por esta ocasión, y como lo hicieran los apóstoles de Jesús, me despido diciendo:  Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros.

Monday, January 3, 2011

SELLAMIENTO EN EL PODER DE DIOS UNO Y TRINO

En lo que termino de preparar el próximo artículo, aquí hay unas oraciones con las que me acabo de topar, y por las cuales podemos invocar la protección de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo sobre nosotros y nuestras almas.  Usémoslas a discresión, y especialmente en los momentos de mayor necesidad (Gracias, Red Mundial de Oración, por compartir).




PODEROSAS ORACIONES DE SELLAMIENTO Y PROTECCIÓN EN EL PODER DE DIOS UNO Y TRINO. Dictadas por Dios Padre al Sacerdote Wilson Salazar...
SELLAMIENTO EN EL PODER DE DIOS UNO Y TRINO


+ Nuestro auxilio es el nombre de Dios Padre que hizo el cielo y la tierra.
+ Nuestro Auxilio es el nombre del Señor Jesús que ha redimido el cielo y la tierra.
+ Nuestro auxilio es el nombre del Espíritu Santo que santifica el cielo y la tierra.

+ ¿Quién cómo Dios Padre Creador? Nadie como Dios Padre Creador
+ ¿Quién cómo Dios Hijo Salvador? Nadie como…
+ ¿Quién cómo Dios Espíritu Santo Santificador? Nadie como…

El poder el honor la majestad al Dios soberano de todo hoy y por toda la eternidad.

Santo Dios poderoso, Santo Dios Majestuoso, Santo Dios Omnipotente.

Oh Dios Padre Creador de todo, que con tu grandeza, sabiduría y omnipotencia diste vida a todo lo creado, Yo… invoco tu divino y majestuoso poder sobre mi, ven a mi, pobre criatura necesitada de ti, ven Padre mío.

+ Séllame con tu poder creador
+ Séllame Padre con tu grandeza infinita.
+ Séllame Padre con tu majestad santa.


+ Contra las jerarquías satánicas:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los Serafines satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+Contra los Querubines satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los tronos satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los Principados satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra las Potestades satánicas:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra las Virtudes satánicas:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los Arcángeles satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los ángeles satánicos:
Padre Mío: Séllame, cúbreme, defiéndeme, protégeme y libérame hoy y siempre.

¿Quién como Dios Padre que me sella con su poder infinito? Nadie como …
(tres veces)

Oh Dios Jesucristo Salvador de todo, que con tu vida, pasión y muerte diste redención a todo lo que existe, yo… invoco tu preciosísima Sangre sobre mí, pobre y desvalido, necesitado de ti, ven salvador mío .

+ Séllame Jesús mío con tu poder Salvador.
+ Séllame Jesús mío con tu poder redentor.
+ Séllame Jesús mío con tu poder omnipotente.

+ Contra las fuerzas de demonio sus jerarquías y sus legiones:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus satánicos del viento:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus satánicos del agua:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.


+ Contra los espíritus satánicos del fuego:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus satánicos de la tierra:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus satánicos del norte, sur, oriente y occidente:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos de la madrugada, la mañana, la media mañana, medio día, de la tarde, de media tarde, de la noche, de media noche:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos deambulantes, depravadores, contaminadores, trituradores, vejadores, merodeadores, aniquiladores, vengadores, paralizadores, bloqueadores, posesivos, ambientales, ruidosos, obsesivos, infernales.
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre:

+ Contra los espíritus inmundos de nueva era, masonería, sectas, magia, brujería, hechicería, astrología, esoterismo, falsedad, espiritismo, satanismo, superstición, ocultismo, santería, cartomancia, salamientos, ciencias ocultas, tarot y todas las inmundicias, misas negras, maldición, vejación:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

+ Contra todos los espíritus inmundos de ira, soberbia, gula, pereza, orgullo, envidia, avaricia, muerte, destrucción, pobreza, enfermedad:
Jesús mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme, y libérame hoy y siempre.

¿ Quien cómo Dios Hijo que me sella con su poder infinito?... Nadie como....
(tres veces)

Oh Dios Espíritu Santificador de todo, quien con tu poder, grandeza y santidad diste forma y figura al hombre y al universo y sostienes todo lo creado.

Yo… invoco tu poderosa santidad sobre mi que soy una pobre criatura sin meritos y débil. Ven Santificador mío.

+ Séllame Espíritu santo mío con tu poder santo.
+ Séllame Espíritu santo mío con tu poder celestial.
+ Séllame Espíritu santo mío con tu poder infinito.

+ Contra el demonio, sus jerarquías y sus agentes espirituales y materiales:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me han atacado desde mi concepción:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me han atacado desde mi gestación:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me han atacado desde mi infancia:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me han atacado desde mi juventud:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me están atacando en este momento de mi historia:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que atacan mi mente y mis sentidos:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que me atacan mi mente y mis sentidos.
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que atacan mi cuerpo y mi fuerza:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

+ Contra los espíritus inmundos que han atacado mi pasado mi presente y desean destruir mi futuro hacia la eternidad:
Espíritu Santo mío, séllame, cúbreme, protégeme, defiéndeme y libérame hoy y siempre.

¿Quién como Dios Espíritu Santo que me sella con su santidad eterna? Nadie como… (tres veces).

Dios creador mío, Dios Salvador mío, Dios Espíritu Santo santificador mío, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada semana, cada mes y cada año de mi vida tu poder me sella, protege, cuida y defiende contra el espíritu del mal y todas sus jerarquías y agentes espirituales y materiales.

Vivo de ti Padre Creador.
Vivo en ti Señor Salvador.
Vivo por ti Señor Santificador. (Tres veces)

Amén, Amén, Amén.

Thursday, December 16, 2010

De la Naturaleza de Dios

De acuerdo con el Concilio Vaticano I, en la sección llamada Sobre Dios creador de todas las cosas:
  1. Si alguno negare al único Dios verdadero, creador y señor de las cosas visibles e invisibles: sea anatema.
  2. Si alguno fuere tan osado como para afirmar que no existe nada fuera de la materia: sea anatema.
  3. Si alguno dijere que es una sola y la misma la substancia o esencia de Dios y la de todas las cosas: sea anatema.
  4. Si alguno dijere que las cosas finitas, corpóreas o espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la substancia divina; o que la esencia divina, por la manifestación y evolución de sí misma se transforma en todas las cosas; o, finalmente, que Dios es un ser universal e indefinido que, determinándose a sí mismo, establece la totalidad de las cosas, distinguidas en géneros, especies e individuos: sea anatema.
  5. Si alguno no confesare que el mundo y todas las cosas que contiene, espirituales y materiales, fueron producidas de la nada por Dios de acuerdo a la totalidad de su substancia; o sostuviere que Dios no creó por su voluntad libre de toda necesidad, sino con la misma necesidad con que se ama a sí mismo; o negare que el mundo fue creado para gloria de Dios: sea anatema.
De un solo plumazo, el concilio descuenta el politeísmo, el panteísmo (incluyendo el new age), y, por supuesto, el ateísmo y el agnosticismo. Pero bien, ¿qué es Dios, de qué está hecho, y cuál es su naturaleza? De estas cosas sabemos poco, pero lo que sí sabemos es lo siguiente:

Dios no está hecho de nada. Nuestra profesión de fe, proveniente de la Biblia desde su primer versículo y reafirmada por todos los profetas y concilios, reza que Dios es el creador de todo. Dios no es creado ni tiene origen fuera de sí mismo.

También sabemos que Dios es uno. Obviamente los primeros hombres lo sabían bien: Adán y Eva lo conocieron y pasaron ese conocimiento a través de la tradición oral, pero se fue perdiendo. Sabemos que Noé andaba con Dios (Gn. 6:9). Sin embargo, ya para la época de Moisés, mucho se había perdido y se tuvo qué empezar la revelación de nuevo con una teofanía (Gn. 3); Dios ahí se presenta con Moises, con un nombre sencillo que nuestras pobres mentes pueden entender, y se da a conocer inicialmente como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Gn. 3:6) y como el que Es (Gn. 3:13-15). Siendo la gente politeísta, Dios se presenta primero como el Dios que existe, y luego pide al pueblo que no tenga ningún dios que no sea Yahveh (Ex. 20:2,3). Ya más adelante se encargará de demostrar que los dioses extranjeros que son de piedra, de oro y de madera, no ven, ni oyen, ni responden porque no existen (e.g. 1R 18:20-40), de tal suerte que más adelante se le conozca como el único Dios verdadero (Jn. 17:3) y el Dios vivo (Mt. 16:16).  He de hacer una diferencia aquí entre los dioses inventados y los demonios adorados como dioses, pero el resultado es el mismo: La naturaleza divina es única, y sólo Yahveh, el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel la posee.

Además, Dios es eterno. Esto se puede probar de muchas maneras, la mayoría de ellas poco más o menos ortogonales. Exploraremos algunas.
  • Dios es Yahveh*, el que Es, aunque también este nombre se ha traducido como el que será, o el que hace ser. De ahí que también sea el Alfa y la Omega, el Todopoderoso, el Principio y el Fin, y el Primero y el Último (Ap. 1:8; 22:13). Aunque de primera vista el nombre que de sí dio Dios a Moisés pueda más bien parecer una respuesta evasiva, en realidad es muy profundo y representa una de las principales rendijas que tenemos para vislumbrar algo de su naturaleza: Dios es el Ser mismo, y el único que puede hacer ser. No sólo creó Dios todo (Gn. 1:1), sino que es gracias a Él, que todo lo que existe permanece existiendo. Por definición y por revelación divina, Dios Es, y no puede dejar de ser.
  • Dios es el Principio y el Fin de todas las cosas. Todo fue creado por él y a través de él, y es por él y a través de él que todo continúa existiendo. Si Dios es el principio de todo, Dios no puede tener principio fuera de Él, porque caemos en una paradoja.
  • Precisamente porque Dios es el creador de todas las cosas, y siendo Dios el que mantiene las cosas en existencia, sería impensable pretender que alguna criatura pudiera tener la capacidad de quitar el ser al que no solo le mantiene en la existencia, sino que también mantiene el espacio y el tiempo en el que dicha criatura existe y le da de manera activa todas las facultades que posee.
  • Siendo Dios el creador de todo, también es creador del tiempo y del espacio. Esto significa que Dios se encuentra fuera del tiempo y del espacio. Si Dios no está contenido por el tiempo ni por el espacio, entonces es eterno e infinito.

Dios es infinito. Lo que es más, Dios no tiene dimensiones, ni tiene partes, ni tiene divisiones ni piezas funcionales que tengan un propósito o mecanismo. Esto se deriva de que Dios, como creador que es del espacio, no está contenido por él ni limitado por nuestros rudimentarios conceptos de distancias y dimensiones. Si no lo puedes medir, no lo puedes dividir. Si no se puede dividir, no puede tener partes, ni mucho menos órganos o mecanismos.

Dios es omnipresente. Dios está en todos lados, pero al mismo tiempo no está en ninguno. Si la Iglesia nos enseña que "Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar", se debe, más bien, a que el espacio-tiempo y todo lo que éste contiene están en Dios, en la medida en la que Dios los mantiene en la existencia y les da vida. Por lo tanto, de alguna manera Dios llena todo el espacio y el tiempo con su naturaleza, pero sin ocuparlos.

Dios es omnisciente. Si Dios mantiene la existencia de todo, sabe todo lo que ocurre en todo lugar y en todo tiempo. Y como Dios no está contenido en el tiempo, es un conocimiento perpetuo de todo lo que ha ocurrido y ocurrirá. En otras palabras, el tiempo es una ilusión que nos afecta solamente a los que estamos en él. Por eso, Dios mismo dice que él sabe todo lo que va a ocurrir antes de que ocurra (Is. 46:10, Jr. 4:5).

Dios es trino. Este es material para otra ocasión, pero brevemente mencionaré que, a lo largo de toda la historia de la revelación, Dios siempre se ha presentado como tres personas a los hombres. No debemos pensar en el término tradicional de persona como un individuo independiente, puesto que ésto significaría que hay tres Dioses. Tampoco hay qué confundirlo con esquizofrenia o personalidad múltiple, que son enfermedades propias de los humanos. Son tres entendimientos, tres memorias y tres voluntades independientes, que interactúan entre sí y con la creación, y que emanan de la misma y única naturaleza divina. Además están en perfecta armonía.  Son el Padre, el Hijo (o Verbo) y el Espiritu Santo.

Pues bien, que el Dios Todopoderoso y Eterno; el Dios de Abraham, de Isaac y de Israel; el señor Yahveh; el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, nos bendiga y nos ilumine siempre. Que nos permita vislumbrar el camino que lleva a él, que es nuestro fin y verdadero propósito. Y que nos permita caminar por este camino escabroso sin caernos, en este mundo fangoso sin ensuciarnos, y en este mundo de obscuridad sin perdernos. Amén.



*Jehová es un anglicismo. Ciertas personas angloparlantes piensan que Jehova (pronunciado Lli-HOU-va) es el nombre que Dios le dio a Moisés cuando se le presentó. Sin embargo, Jehová es una interpretación inadecuada del tetragramatón JHVH. En latín antiguo carece de ciertas letras que más tarde fueron agregadas, como la J, la W, la Y y la G. La J fue de las últimas que se agregaron. Anteriormente, la letra I se utilizaba para el sonido vocálico (e.g. Ipso) y para el consonántico (e.g. Iustus). Existen muchas formas de escribir ese tetragramatón en latín:


IHVH
JHVH
YHVH
YHWH

Lo que realmente importa, si uno quiere estar en lo correcto, es hacer una transliteración fiel del hebreo. Y hay dos corrientes: YHVH y YHWH. El nombre es Yahveh. En inglés se dice Yahweh (con sonido "U" consonántico) porque en los idiomas germánicos la W se utiliza en muchas ocasiones para el sonido "V" labiodental fuerte, pero en inglés perdió ese sonido y se pronuncia de otra forma. Como los judíos, especialmente los modernos, no pronuncian el nombre de Yahveh por sentirse indignos, por lo general lo substituyen con otros nombres, como Adonai (Mi Señor), y muchas veces incluso escriben las vocales de Adonai como si fueran las de YHWH (para animar al lector a decir Adonai en vez de Yahveh), y un traductor alemán del siglo XVI se confundió por esta costumbre y creó el nombre Jehová (http://www.jewfaq.org/name.htm). A final de cuentas, el nombre con el que nos hemos de referir al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es Yahveh (o Yahvé, o Yavé, si queremos escribirlo más fonéticamente); y, sin embargo, el nombre verdadero es completamente desconocido para nosotros (Ap 19:11-16).