Casi siempre que Dios se manifiesta a la humanidad, de alguna manera están representadas tres personas, aunque en ocasiones ha sido sólo una o dos. Por las Escrituras y la Tradición sabemos que Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Son tres personas que emanan de la santísima naturaleza divina, pero que de ninguna manera representan tres Dioses. Comencé esta investigación pensando en hacer un post, pero me ha salido tantísima información sobre el tema, que he decidido dividirlo en tres partes. Ésta es la primera.
Un solo Dios
Para nosotros, que estamos acostumbrados al mundo material, es natural pensar en "individuos" que comparten la misma naturaleza pero que son distintos. De esta manera, podemos hablar de dos personas, tres carros, cinco flores, etc. En el mundo espiritual, en cambio, no existe tal, con excepción (quizá) de los espíritus humanos. En el mundo espiritual, un individuo agota completamente una naturaleza porque, al no contener materia, no se puede dividir o individualizar dicha naturaleza. De tal forma es Dios. Un solo Dios, una sola naturaleza (Ap. 4:2).
En el Génesis, comenzando desde la primerísima frase, "Dios creó", "Dios dijo", "el Espíritu de Dios", "Dios se paseaba"(Gn. 1:1,2,...), etc. nos presenta con esta realidad desde el principio para que quede manifiesta la unicidad de Dios, y cómo se relacionan las tres Personas con la creación. Desde el principio hasta el fin (Ap. 22:13), pasando por todos sus libros, la Biblia nos enseña que hay un solo Dios. De la boca de Isaías nos declara "Yo soy el primero y el último; no hay otro Dios fuera de mí" (Is. 44:6) y "Yo soy Yahveh, y no hay otro igual, fuera de mí no hay ningún otro Dios" (Is. 45:5), entre muchas otras afirmaciones similares.
Si bien es cierto que la gente a adorado a otros "dioses" a lo largo de la historia, la revelación divina nos enseña que esos dioses son falsos ya sea porque son "fabricados" y "que no son más que madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni comen, ni sienten" (Sal. 115, Dt. 4:28), o porque son demonios:
“¿Quiero decir con esto que la carne sacrificada a los ídolos tiene algún valor, o que el ídolo es algo? No, afirmo sencillamente que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios. Ahora bien, yo no quiero que ustedes entren en comunión con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; tampoco pueden sentarse a la mesa del Señor y a la mesa de los demonios. O, ¿provocaremos a celos al Señor? ¿Somos, acaso, más fuertes que Él?” (1 Cor. 10:19-22).
Dios tiene muchos nombres: "El que es, era y que ha de venir", "El Alfa y la Omega", "El Primero y el Último", y "El Todopoderoso" figuran entre los más importantes (Ap. 1:4,8,17-18, 4:8, 11:16-17, 21:5-6, 22:13). Dios es el único digno de recibir adoración, porque es el creador de todas las cosas (Ap. 4:11, 14:7, 19:10, 22:8-9).
El tres en las Escrituras
Existen muchos números a los que las Escrituras les asignan un significado simbólico muy importante. El número tres, en particular, es de los más importantes, y representa la perfección. Dios es perfecto, y son tres las personas que de la naturaleza divina emanan. También son tres las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y tres son también las potencias del espíritu (memoria, inteligencia y voluntad). Los coros angélicos son nueve, tres veces tres. Exploremos unas cuantas ocasiones en las Escrituras en las que el número tres aparece simbolizando la perfección.
En el Génesis se cuenta que Dios le pidió a Abram un sacrificio cuando le hizo su promesa. Para hacer un sacrificio a Dios, lo ideal es que la víctima ofrecida sea perfecta, porque prefigura a nuestro Señor Jesucristo, y en este caso Dios le pide a Abram que sacrifique “una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón” (Gn. 15:9). El significado de las aves no se discute aquí, pero resulta claro que hay tres bestias terrestres, cada una de tres años de edad, que fueron partidas por la mitad y ofrecidas a Dios; tres sacrificios de tres víctimas perfectas. Más adelante, cuando los hijos de Isaac, cada uno por su cuenta, buscaban la bendición de su moribundo padre, Jacob llega primero y recibe tres bendiciones (Gn. 27:27-29); más adelante llega Esaú y recibe, en cambio, tres maldiciones (Gn. 27:39-40).
Dios es siempre fiel, y su promesa es perfecta. Él nunca se aparta de su palabra. Cuando hizo la promesa de la antigua Alianza, no lo hizo una sino tres veces, y a tres personas distintas de generaciones sucesivas; de la tercera nacieron las doce tribus de Israel. Por eso, el Señor Yahveh es el “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (o Israel)” (Ex. 2:24, Ex. 3:6). Y así como hay tres patriarcas, también hay tres profetas principales, uno de ellos siendo el mismísimo Hijo del Dios vivo: Jesucristo. Cuando Jesús se transfiguró y les permitió a los apóstoles vislumbrar su Gloria en el monte, “se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él” (Mt. 17:1-3).
Dios le pidió a Moisés que tres veces al año le celebraran fiesta (Ex. 23:14), y que subieran a presentarse todos los varones de Israel (Ex. 34:23-24) y de esa manera demuestran correspondencia a la promesa de Yahveh. De igual manera, Jesús nos dejó dicho que cuando un hermano yerre o peque, se hagan tres intentos de corrección fraterna, cada uno subsecuente con mayor grado de severidad que el anterior (Mt. 18:15-17). Recordemos que Pedro negó a Jesús tres veces cuando lo acababan de arrestar y lo estaba siguiendo disimuladamente por el palacio junto con Juan (Mt. 26:34; Jn. 18:15-18; Jn. 25-27; Mt. 26:75); pues de igual forma, y como para contrarrestar su pecado, Jesús también le pidió tres veces que lo aceptara y que le dijera que lo ama (Jn. 21:15-17).
También la ira de Yahveh es perfecta (Ap. 16), y cuando deja caer su ira es por tres días. Tres días estuvo el país de Egipto en obscuridad (Ex. 10:22-23), y de igual forma estará el mundo en tinieblas cuando el Señor descargue su ira sobre los pecadores (Ap. 6:12, 8:12, 16:10). Por eso cuando Jesús el Cristo cargó con la culpa de nuestros pecados y permitió que la ira de Dios cayera sobre él en lugar de nosotros, estuvo tres “días” en el sepulcro (Jn. 2:19-21). Murió un viernes (Mc. 15:42), como a las 3 de la tarde, y resucitó muy de mañana en el siguiente domingo (16:1-6); por lo tanto estuvo en el sepulcro el viernes, el sábado y el domingo, aunque no fueran los tres días completos. Lucas nos habla de cuando sus padres lo estuvieron buscando tres días hasta que lo hallaron en el templo, platicando con los maestros y doctores (Lc. 2:46), en lo que parece ser una especie de preludio. Entre otros lugares en los que se menciona una purificación de tres días se encuentra que Dios le dijo a Moisés que el pueblo se preparara y purificara porque al tercer día bajaría al Sinaí (Ex. 19:10-11, 16-20).
Dios Padre en tres ocasiones avaló públicamente a la persona y la misión de su Hijo, Jesucristo.
Varias Personas
Bueno, ¿y qué tiene qué ver el número Tres con Dios?
En las manifestaciones espirituales también aparece el tres una y otra vez. Antes de entrar en este detalle, recordemos que todas descripciones de formas, colores, tamaños y distancias son alegorías que tienen un significado más allá de la decripción misma, ya que esos conceptos son exclusivos de nuestro mundo material y no existen en el mundo espiritual. Cuando Isaías recibe una visión del Trono de Yahveh (Is. 6:1) puede ver que los serafines que están con Él tienen tres pares de alas (6:2), cada una con un propósito distinto, y se decían entre ellos “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo (...)”. Los tres pares de alas representan que son de toda la Creación los espíritus más perfectos, y por eso cubren a Dios, le sirven todo el tiempo y son los más cercanos a Él. Estos espíritus le dan gloria a Dios en sus tres personas: Dios es el tres veces Santo, porque es Santo el Padre, es Santo el Hijo, y es Santo el Espíritu Santo. Si bien es cierto que el triple adjetivo es el máximo superlativo en la lengua hebrea, se encuentra también en todas las traducciones para hacer referencia a la Trinidad. Es por eso que cuando Juan fue transportado en espíritu al Cielo, pudo ver que los cuatro vivientes, “cada uno de ellos con seis alas, estaban llenos de ojos alrededor y por dentro, y día y noche no cesaban de decir: SANTO, SANTO, SANTO, es EL SEÑOR DIOS, EL TODOPODEROSO, el que era, el que es y el que ha de venir” (recordemos que el Nuevo Testamento fue escrito en Griego). Un tercer ejemplo de la triple adoración de Dios es el de la epifanía del Señor, cuando llegaron unos magos de oriente (Mt. 2:1) llevando regalos de oro, incienso y mirra (Mt. 2:11) y le adoraron. Además, aunque el texto no nos dice cuántos fueron, la tradición nos dice que son tres. Los regalos representan la realeza, el sacerdocio y la misión de profeta de nuestro Señor Jesucristo.
Una vez que haya terminado esta comedia terrestre de la que todos somos actores y autores, cuando Dios mismo descienda en su trono para juzgar a vivos y muertos y cree un nuevo Cielo y una nueva Tierra, dijo Juan que descenderá una ciudad hecha de un material como oro transparente: La Nueva Jerusalén. Es cuadrada en su base, y tiene doce puertas, y al igual que los doce apóstoles cada una representa una tribu de Israel. Cada lado de la ciudad apunta a un punto cardinal (Norte, Sur, Este y Oeste), y cada muro exterior de la ciudad tiene tres puertas (Ap. 21:13).
Aún cuando Dios dice que es Uno, y todos los profetas proclaman y prescriben la Unidad de Dios, cuando Dios habla de sí mismo, en muchas ocasiones habla de sí mismo en plural. Por ejemplo, cuando Dios creó al hombre, dijo “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Gn. 1:26). Dios es uno, sí, pero habla de sí mismo en plural. Sabemos que no se refiere a toda la Corte Celestial; primero, porque los ángeles no participaron activamente en la creación (Job 38:6-7); y segundo, porque Dios creó al hombre a imagen de Él y solamente de Él (Gn. 1:27). De igual forma, cuando el hombre se llenó de vanidad y quiso hacer en Babel una torre tan alta que llegara hasta Dios mismo, Yahveh dijo “Vamos, bajemos y allí confundamos su lengua, para que nadie entienda el lenguaje del otro” (Gn. 11:7). No podemos decir que usa el plural mayestático porque en ocasiones también hablaba en singular. Por el contrario, es posible que éste sea precisamente el origen de dicho plural.
¿Cuáles Personas?
Y, ¿de dónde saco que son “Padre, Hijo y Espíritu Santo”?
Juan, en su primera epístola, nos lo dice muy claramente: “Este es el que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no sólo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre, y los tres concuerdan. Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio de Dios: que El ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, ha hecho a Dios mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado respecto a su Hijo. Y el testimonio es éste: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” (1 Jn. 5:6-12).
El Verbo, por supuesto, es el Hijo. Claramente está expresado en este párrafo que Dios es que da testimonio en el Cielo, que los que allá dan testimonio son “el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo”, y que los tres son uno. Y ese Uno, por supuesto, es el que está sentado en el Trono, pues es Dios. Por esta razón, el Verbo, cuando estuvo entre nosotros en humanidad y bajo el nombre de Jesús, dijo a los apóstoles “Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28:19), que es lo mismo que decir “en el nombre de Dios”, sólo que se enumera cada persona, puesto que cada persona es distinta aunque sean todos uno.
A lo largo del Nuevo Testamento se ve que se hacen referencias a las tres personas de Dios. Voy a enumerar algunos:
- Cuando regresaron los setenta enviados, y le comentaron a Jesús que hasta los demonios se les sometían, “En aquella misma hora El se regocijó mucho en el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios y a inteligentes, y las revelaste a niños. Sí, Padre, porque así fue de tu agrado.” (Lc. 10:21).
- “Y os digo, que a todo el que me confiese delante de los hombres, el Hijo del Hombre le confesará también ante los ángeles de Dios; pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios. Y a todo el que diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo, no se le perdonará. Y cuando os lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no os preocupéis de cómo o de qué hablaréis en defensa propia, o qué vais a decir; porque el Espíritu Santo en esa misma hora os enseñará lo que debéis decir.” (Lc. 12:8-12).
- Juan el Bautista dijo a sus discípulos: “Lo que El ha visto y oído, de eso da testimonio; y nadie recibe su testimonio. El que ha recibido su testimonio ha certificado esto: que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, pues El da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha entregado todas las cosas en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.” (Jn. 3:32-36).
- Esteban, “lleno del Espíritu Santo, fijos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios.”
- Muchas veces, en los saludos y las despedidas, usaban una fórmula similar a la siguiente: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.” (2 Cor. 13:14).
Por lo tanto, por esta ocasión, y como lo hicieran los apóstoles de Jesús, me despido diciendo: Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros.
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